Ejecutar vs. apresurar

Hace unos días salí de la oficina con peso en los hombros. No traía nada encima. Al menos nada visible. Sólo estrés. –¡No es cosa nueva!-, dije y como es rutina me monté en el auto.

Iba a una junta de esas que duran 2 ó 3 horas más una hora más en el tráfico de Morones. Esas juntas que son la noche de un jueves, dedicado en mis tierras para ver a los amigos. Eso significaba que llegaría tarde al “juevesitos”. Mi imaginación comenzó a fantasear con la imagen de una cerveza con pedacitos de hielo escurriendo en el envase.

Tomé Alfonso Reyes y me dirigí hacia Cintermex, donde se llevaría a cabo la junta. Saqué el celular del pantalón y lo puse a la vista, puse mi playlist de “canciones adquiridas recientemente”. Mi idea era responder esos 153 mensajes de whatsapp que tenía pero dije –¿Sabes qué? Eso puede esperar-.

Considero que soy bueno ejecutando. No soy el más rápido pero siempre me domina un ansia por hacer las cosas –y hacerlas bien-. De hecho, en un equipo, suelo poner presión a los demás para que las cosas salgan. A veces puedo ser un poco competitivo y chocante.

Ese día que salí de mi oficina, iba con más de una hora de anticipación. ¡No llevaba prisa! Pude manejar a 20 km/h y llegar a tiempo. Pero me consumió el estrés y la urgencia de la mala. Ese jueves me pasé un semáforo en rojo porque NO LO VI. Esa tarde, le choqué a una señora que iba a una cita con su nutrióloga.

Después de unos segundos de shock, la señora salió de su coche ilesa. Yo también salí perfecto. No pasó a mayores. Sólo el susto, la multa, el deducible y una lección.

Ejecutar con un sano sentido de urgencia es distinto a presionar por una urgencia desorientadora.

Se me ocurrió escribir la historia cuando leí este artículo de Seth Godin.

choque