Sueños de un futbolero frustrado

Cuando un sueño es bueno y es interrumpido por el despertador o por cualquier otra cosa, la primera reacción usual es: “mi!”$·%&erda, no quiero despertar”.

Sé que para algunos de nosotros esa reacción es regular. No creo en los que dicen que amanecen con una sonrisa o una oración -eso quizá viene después-. Somos muchos más –pienso- los que generalmente queremos guardar unas horas más nuestro cuerpecito en esas sábanas limpias con olor a “flores del campo” o “brisa del mar”. Por algo se inventó el botón de SNOOZE -un genio, por cierto, Mr. Snooze-.

Pero este post no es para describir esa curiosa sensación de tomar conciencia después de un sueño pesado. Quiero, más bien, hablar específicamente de mi sueño de anoche.

Bien. Estaba en un gran salón. No era un salón normal, sino –insisto- un gran salón de eventos. Allí se encontraban varios personajes que han aparecido por mi vida en los últimos 7 años –sólo 7 años porque hasta ahí registra mi memoria conciente… lo demás son sólo breves olores, historietas, algunos videos y fotografías, entre otras cosas-.

En ese salón estaban algunos de mis compañeros de preparatoria. Específicamente aquellos que aborrecía más, los que menos esperaría ver. En mi sueño, sin embargo, eran mis más grandes amigos. De hecho compartíamos la mesa vestidos de gala. Smoking. No sé, no me acuerdo de más detalles.

Uno de ellos interrumpió de pronto la conversación y contó un par de chistes acerca de nuestra adolescencia. Se recordaron anécdotas –me permitiré decirlo- y así. No son importantes los temas que se trataron en la mesa. La comida era más que deliciosa.

También estaban allí algunos maestros de filosofía y otros de comunicación, gente con la que he compartido trabajos, proyectos, algunos familiares queridos y otros no tan queridos, todo parecía espectacular.

Pero ese día había un evento más. Era el clásico regio de futbol y además coincidía que era la final del torneo por primera vez en la historia. Esa tremenda coexistencia provocó que mis manos comenzaran a sudar. Me tenía con los nervios expuestos –no sé cómo más expresar esa tensión inmensa y no sé por qué razón en mi sueño un evento de tal naturaleza provocó tales cosas-.

El asunto es que no tenía boletos y quería ir. Lo comenté con uno de mis excompañeros de preparatoria, quien tomó sus cosas y me dijo: “sígueme”. Salimos del lugar, tomamos un metro –sería romano, porque el regio no era-, llegamos a un lugar en donde estaba su auto y nos dirigimos al estadio pero, antes de llegar a la calle que te lleva directamente al mismo, tomamos otro camino.

-“Te equivocas”, dije.

-“¡No!, espera…” respondió. Y agregó “no comas ansias, ya casi llegamos.”

Escuchábamos algo así como Maná o Caifanes. Recuerdo varias canciones específicas, pero no las digo para guardar el anonimato del dueño del coche.

Luego de unos 5 minutos de rodeos y callejones, llegamos a nuestro destino. Era una pequeña puerta de cómo un metro cuadrado.

-“¿Y ahora qué?”, pregunté

-“Nada, pues hay qué entrar por ahí.”

-“¿¡Qué!?, ¡ni ma%$·es!”, dije claramente.

-“Guey, confía en mí.”

En ese momento ya estaba más conciente. De esas veces en donde el sueño se empieza a mezclar un poco más con la realidad o no sé. Ya no quería entrar –al menos no tanto- y ya no me fiaba de esa persona.

-“Por qué confiaría en ti, si apenas te conozco. En realidad no eres mi amigo.” Grité, como si estuviera en una serie de televisión americana.

-“Bueno” –respondió- “¡como quieras!, entraré primero yo.”

No me quedó más opción que seguirle. No pensé en la claustrofobia, en lo elegante que estaba para ir al estadio, en lo sucio que pudiera estar aquel misterioso túnel, en que nada era lógico, en que no llevaba a Fátima conmigo, en dónde estaría en ese momento y en un par de cosas más.

Y de pronto mis oídos comenzaron a escuchar algo. Un ruido que iba creciendo.

-“¿Listo?” dijo mi compañero.

-“¡Más que listo!”

Se escucho un golpe fuerte, seguido por el peculiar sonido de tumulto bochinchero del estadio: AAAAHHHHHHHH… seguido por el estrepitoso sonido de mi maldito despertador. PIP, PIP, PIP, PIP, PIPIPIPI, PIPIPIPI, PIPIPIPI, PIPIPIPI, PIPIPIPIPIPIPIPIPIPI…. Y me desperté.


La receta del día

Y, así como la Julia llegaba a escribir sus recetas después de días pesados, así yo les pongo hoy mi primera:

10 pasos para “adquirir” gripa en esta temporada.

1. Levántate.

Abre los ojos, apaga el despertador, encuentra tus pantuflas debajo de la cama y póntelas (el diccionario de Word sugiere: móntelas). Toma un baño. Desayuna ligero.

2. Trabaja.

Déjate empapar por un día regular de trabajo: estrés, buena música, comida rápida, pendientes que eran para ayer, y los puntos suspensivos que convengan. Oscurece (sin la b).

3. Dirígete hacia la UDEM en horario de 7 a 10.

Equis. No tiene gran complicación. Si los días están pesados y el tráfico cada vez peor, simplemente piensa en los niños de Haití o en Salvador Cabañas y agradece tu estado actual. Respira, quizás sea el único momento del día de tranquilidad. Si llueve, maneja con precaución.

4. Muestra tu credencial al entrar.

Con esta inseguridad, ahora desconfían de uno hasta en la universidad, que debería ser un segundo hogar. ¡Ni hablar!

5. Estaciona tu auto en el ranchito más cercano.

Después de 15 minutos de espera, puede que te toque un lugar a menos de 10 minutos del salón de clases.

6. Encuentra tu salón.

No importa cuán despistado seas, la UDEM te ayudará a clasificar los pisos por colores. Todo es más fácil acá.

7. Toma apuntes.

Pon atención. No vaya ser que al profesor se le ocurra poner examen.

8. Si te dan break y no fumas, acompaña a los que sí tienen el vicio.

Así igual y agarras algo bueno de ahí también.

9. Sal de clases

La parte más interesante. Quizá siga lloviznando para ese momento. Tú pensabas que hacía menos frío así que ibas desabrigado. ¡No te apures! Esa agua es como rocío. Salta los charcos que aparezcan por el camino, no importa cuán grandes sean. Si cruzas ríos, moja tus pies: es lo mejor que puedes hacer. Y en ranchito, ¡qué mejor!: empaniza (el diccionario sugiere empaliza) tu calzado con el sabor de un buen lodo.

10. Sube a tu auto.

Lo que faltaba simplemente era que la calefacción no sirviera y que acabaras de lavar tu auto para terminar un buen día de la Candelaria.

Oh, no… ¿no tiene título?

Vuelvo.

Me inspiran principalmente tres* cosas:
1. El olor a café de la oficina,
No sólo el de este momento específico cuando escribo -el de ahora es un café de Santo Domingo, proporcionado por un gran amigo que tiene allá sus raíces-, sino el de todos los días. Y es que me he dado cuenta que soy adicto al café -además del facebook, la buena música, las pantallas, al olor de la ropa recién lavada, las mochilas, a cantar cuando nadie me escucha, a dormir boca abajo, entre otras cosas como escribir y poner comentarios entre guiones-.
2. mi novia,
Que me insiste -casi diariamente- que vuelva. De hecho, pensándolo bien, mi novia representa a todos los lectores -los pocos o los muchos que tenga- quienes han entrado y no han encontrado respuestas en estos meses. La culpable es la soberbia de querer escribir geniales tratados de otros mundos. NO. Lo bueno del blog es que puedes escribir lo que quieras, cuando quieras, como quieras. De hecho, agradezco también la insistencia de Andrés Oliveros, de Mondoli quien, aunque ha criticado mi estilo en alguna entrada suya, es también motivo de la vuelta al mundo.
3. la película de Julia y Julieta (no me sé exactamente la traducción).
La vi la semana pasada. Ella, la cocinera moderna, abre un blog y luego se hace famosa. No lo quería decir tal cual pero me identifiqué un poco con ella. Yo no me quiero hacer famoso. Pero me gusta cómo expresan el sentimiento de escribir en un blog. Les recomiendo la película si son bloggers o cocineros. Espero que el blog no desate peleas maritales como las de ella.
*Dos comentarios:
Pienso -le he copiado a algunos intelectuales- que ennumerar a veces limita. Quizá en este caso haya más de tres razones por las cuales me he inspirado. Pero puse tres. Ahora no hay remedio. Sólo me queda volver y corregir cada vez que piense en otro motivo o dejarlo así y mentir. Bueno, ese fue el primero. Y el segundo es que odio las listas. En este caso enlisté por diversión, por -no sé- tratar de hablar en un lenguaje nuevo.
Adiós.

Adiós fotos en el blog

Bajé un documento recientemente (hace dos o tres semanas, quizá más). El propósito inicial era aclarar algunos asuntos de derecho (derechos) con respecto a mi labor profesional. La sorpresa fue tan grande, que se me quitaron las ganas de escribir. Sin duda es por ello por lo que no hemos visto más entradas acá. Y es que me di cuenta que, en este blog (y sólo en este blog), he sido ilegal.

He sido ilegal porque subí fotos a las cuales doy crédito, pero que no he comprado. Y bueno, no lo sabía, con lo cual me quito de culpa.
Alguna vez un amigo me hizo el comentario. Y yo le dije: “¿qué?, pero si yo no lucro con esto”. “¿Y luego?”, agregó, “estás aprovechándote de su arte (porque la fotografía sí que es arte), ilustrando tus historietillas con imágenes robadas”.
Te preguntarás “y, sin fotos, ¿qué será de premoniciones?”. ¡Pues nada! seguirá vivo.
Se me ocurren dos opciones:
1. Llenarla con mis propias fotografías (no sé que pueda suceder después de ello, quizá pierda los dos o tres (mil) fans que tengo).
ó
2. Eliminar toda ilustración y, como en un libro o como en mondoli, basarme en mis propias oraciones para cautivar (¡equis!, no sé qué pueda pasar).

Or are we dancer?

Nos han etiquetado los sabios modernos como la sociedad de la información, del cambio, como la sociedad post-industrial, la del internet, la posmoderna, la del conocimiento.

A mí me ha tocado vivir más bien en la sociedad del miedo. Tememos que suceda casi cualquier cosa. Tenemos miedo, por ejemplo, a quedarnos sin un cinco, a ser deportados, al qué dirán; a perder un dedo, a contraer influenza, al calentamiento global, a ser secuestrados, a que rapten a un familiar, que roben la casa; a la comida vegetal y a las grasas; a las montañas, la lluvia o los animales; a perder el trabajo, o el control, o la cordura. Le tenemos miedo al estrés.

Tenemos miedo que esté envenenada nuestra comida, que miren la clave de nuestro correo electrónico, que nos hakeen. Nos da miedo hablar de más, pero también hablar de menos; no figurar en un grupo; no ser popular; no recibir llamadas o alertas en facebook. Nos asusta la realidad y las películas, la música, el cine, la televisión, el radio.

Tememos entrar a lugares cerrados, nos asustan las arañas, el agua o lo desconocido. He escuchado gente que incluso le teme a los aliens o al chupacabras.

Nos da miedo que el internet pueda comerse la realidad, que las abejas tomen el control del planeta, que los robots tengan sentimientos, que nuestros coches hablen, que de pronto haya un huracán que termine con el planeta. Tememos el ruido y el silencio. Nos da miedo engordar. Le tenemos miedo -a veces- incluso a nuestros mejores amigos.

Nos da miedo conocernos verdaderamente y conocer a los demás. Nos da miedo amar. Nos da miedo mirar a los ojos.

Es esta sociedad, la que se queda en silencio. La que apenas mira -y con esto quiero decir: la que apenas se mira, la que apenas observa, la que apenas escucha-. Pareciera que los sentidos sólo los quiero para lo que me es placentero. Si no, los ignoro. Ignoro las señales. Ignoro a los demás.

¿De dónde surge este miedo?, ¿quién lo crea?, ¿somos nosotros mismos?

 

Lovers in Japan


Me he trabado en la nada por unos minutos antes de comenzar a escribir. Ahí (aquí) frente a la computadora tuve “un viaje”. Fui a mi sueño de hoy, que me tiene todavía angustiado. Es una especie de ansiedad ligera que invade mi subconsciente desde ese momento y de la cual no me he podido liberar.

No creo que tenga algo qué ver con el peso del trabajo, o de los exámenes o con Los Secretos de la Razón; no con mis errores pasados o la crisis, la gripa porcina o el concierto de KOL; tampoco creo que esté relacionado con el video experimental (que no es experimental) o con la BigMac que comí. No. Creo que es un simple desliz de mi imaginación o de mi creatividad. Quizá sea la falta de creatividad o la cena con queso.

Estaba en el aeropuerto (uno inventado, muy al estilo Charles de Gaulle). Me acompañaban mi familia y mi novia. Era un día nublado, con mucho trabajo y exámenes finales; uno esperanzador en el que dejaría todo aquello atrás para comenzar un viaje a tierras nuevas. Era –quizá- una premonición de una salida (desde un aeropuerto que no conocía). Iría a estudiar una maestría o algo así. Me habrían dado una beca en el extranjero.

Nos despedimos. Hubo lágrimas (y así). Y (así sin más), después de horas de filas y de papeleo, recordé que no había hecho la maleta. No llevaba conmigo nada más que un par de dólares. Y allí me desperté, pero el sueño ha continuado en mi imaginación.

Descubrí que no era yo, sino un japonés (hijo de mexicanos) que viajaba por primera vez acá desde el aeropuerto de Kansai. Era un artista que venía a exponer su trabajo y era precisamente su trabajo el que olvidaba. Era mayor que yo, tenía como 35 años; era bajo de estatura, sus ojos no estaban rasgados a la japonesa, sino a la mexicana. Le gustaba escuchar Lovers in Japan cada vez que salía de viaje. De hecho la escuchó ese día. Él sí llegó acá. Y llegó a salvo. Y, para poder traer sus obras, tuvo que tomar dos trabajos. Comenzó a dar servicios de telefonía y clases de japonés. Por la tarde pinta y vende este nuevo material anticreativo a precios bajos.

Es fecha que su obra no llega. Es fecha que no aprende español.


“De reojo” (2006), Betsabeé Romero



Tuve el placer de ir a Marco hace unos días. Me topé con un cuarto lleno de retrovisores de coche que reflejaban un video con carreteras fronterizas vacías y peligrosas. Pero lo mejor fue la poesía que estaba pegada a la pared con vinil.


Como la Mirada de infinitas mujeres que recorren

Diariamente trayectos peligrosos

Por ir a su trabajo,

Por ir a su escuela,

Por regresar o ir cerca de la frontera,

Como en Ciudad Juárez,

Como en Guatemala,

Chivos expiatorios de la política, del narcotráfico y de la pobreza,

Mujeres que bajan y suben de sus transportes

Mirando de reojo,

Espejeando,

Como con espejos retrovisores

De una Mirada tatuada de oraciones

Una Mirada que hemos aprendido involuntariamente

A llevar a cuestas,

Volteando incesantemente

Para ver si alguien nos sigue

Si alguien esta escondido en la parada

Si van siguiendo al colectivo

Si en el camión alguien nos mira

Espejos llenos de rezos y plegarias

De las hijas, de las madres y de todas

Las que somos y queremos.

En este transitar al sur de las fronteras.

worthless battles

A veces luchamos batallas muy al estilo de Sísifo. Y pasamos eternidades subiendo enormes rocas por laderas tan empinadas que, cuando estamos a punto de llegar a la cima, invariablemente, se precipitan al vacío y nos fuerzan a comenzar de nuevo.

De una sentada…

Les recomiendo un documental. Es breve. Les tomará unos 6 ó 7 minutos de su tiempo.

En él, el director nos presenta una composición de imágenes en blanco y negro, todas mostrando consecuencias -humanas principalmente- de la tragedia de aquel 26 de abril de 1986; historias de las víctimas del cruel suceso.

Es en definitiva un cuestionamiento a la humanidad: ¿cómo es que, como decía Hobbes, el hombre ha llegado a ser el lobo del propio hombre?, ¿en qué momento nos hemos vuelto el arma más letal de nuestra sociedad? Y debate mientras muestra niños deformes, con burbujas gigantes atadas a las cabezas o a las espaldas inocentes.

Y, aún así, esos niños no han dejado de ser niños. Y miramos sus juegos, sus alegrías, sus angustias. Las impactantes imágenes se siguen una de otra mientras el director las narra. Niños que no caminan, que comen en el suelo. “Como si fuera otra raza” –narra. La misión de estos pequeños seres humanos es, simplemente, sobrevivir.

Es una mirada menos ingenua a la realidad: en Chernobyl la cantidad de material radiactivo liberado, 500 veces mayor al de la bomba de Hiroshima, causó y sigue causando enormes enfermedades y muchas muertes. De hecho, el informe del Fórum de Chernóbil estimó que el número total de víctimas que se deberán al accidente se elevará a 4000.

Llama la atención la claridad con la que el director maneja la temática, sin pretender tomar alguna posición política. Las fotografías logran admirables contrastes que, junto con la música, comunican una tensión y una turbación interesante.